Boxeo: Jack Johnson, lo que cuesta reconocer a un Campeón

El pasado 30 de junio tres operarios daban los últimos retoques a una figura en el parque del viejo centro de Galveston, Texas. Allí, sobre un pedestal, se levanta desde hace pocos días la figura en bronce de un boxeador lanzando un gancho de izquierda. En respuesta a las preguntas de Michael Hoinski, corresponsal del New York Times en Texas, los operarios confiesan no saber quién es aquel púgil de color.

Su ignorancia puede estar justificada por el ostracismo que aquel personaje recibiría hasta unos 20 años después de su muerte –en 1946- cuando Muhammad Ali volviera a sacar su recuerdo de la Caja de Pandora en la que la sociedad norteamericana guardaba de nuevo sus recelos hacia la radicalización de algunos movimientos a favor de la raza negra. “Prefiero a Johnson mil veces antes que a Louis” diría el de Louisville poco antes de acometer su segunda victoria sobre Sonny Liston.

Aunque las palabras de Ali vinieran motivadas en esa época más porque Louis acompañaba a Liston en su esquina que por sus propias preferencias, lo cierto es que Jack Johnson, ‘El Gigante de Galveston’, escribió hace ya más de cien años el preludio de la historia que todo lo que rodea a Ali nos contaría más tarde.

Nacido de una familia de esclavos, Johnson cerró su educación a los cinco años y tras recorrer el país como jornalero acabó debutando como boxeador profesional en 1897, al mismo tiempo que Jim Corbett -el hombre que venció a Sullivan, primer campeón moderno- cerraba su corona sobre la categoría de los pesados al caer en el decimocuarto asalto ante Bob Fitzsimmons, en la que sería la primera gran pelea por el título mundial disputada en el estado de Nevada.

Su efectividad y facilidad para noquear a sus rivales lo llevaron hasta la costa oeste de los Estados Unidos, donde en Los Ángeles, el Hazard´s Pavillion exhibía las mejores peleas entre combatientes de color a un precio bastante más asequible que entre boxeadores blancos. Sería en este recinto, en 1903, cuando Johnson consiguiera alcanzar la cima restringida para una persona de su condición: Campeón Mundial Pesado de la raza negra, tras vencer a los puntos al por entonces campeón David Ed Martin. Durante el combate, el defensor del título llegaría a caer hasta en cuatro ocasiones durante el decimoprimer asalto. Los escasos testimonios que acunan algún recuerdo del combate mantienen que Johnson no dejó caer a Martin para evitar un bochornoso desenlace a su restrictiva corona, un respeto por el adversario que Johnson perdería de ahí en adelante conforme la piel de sus rivales se fuera aclarando.

Pasarían cinco años y 29 rivales hasta que el campeón canadiense Tommy Burns y Australia prepararan el primer escenario para la disputa de un título de los pesos pesados entre un boxeador de raza blanca y uno de raza negra. Para comienzos de siglo, relacionar boxeo y antípodas era sinónimo de irregularidades y amaños, acepción de la que no se libraría la victoria a los puntos de Johnson para proclamarse primer campeón de negro de la historia. Los medios estadounidenses recogieron que la pelea fue detenida en el decimocuarto round –de los veinte pactados- debido a la intervención de la policía, historia que desarrollaría su propia saga cuando meses más tarde Rudy Unholz, un antiguo colaborador de Johnson, declarara haberse introducido debajo del ring para después pedir a gritos la intervención de la policía en el cuadrilátero. Resultado, esta prosaica historia serviría como primera piedra sobre la que la prensa cimentaría su obstinado descrédito sobre el nuevo campeón.

“Que borrara esa sonrisa de oro…”

La maquinaria segregacionista iniciaría entonces su vorágine encabezada por el escritor Jack London, que incitaría a la búsqueda de “una nueva esperanza blanca que borrara esa sonrisa de oro de la cara de Jack Johnson”. Las críticas a su estilo contragolpeador, tachado de cobarde, y los ríos de tinta vertidos para bajarlo de su pedestal provocarían que Johnson sacara a relucir su cara más orgullosa y arrogante desafiando a la piadosa sociedad norteamericana atreviéndose a vestir trajes a medida, conduciendo y dejándose ver con mujeres blancas.

El excampeón James J. Jeffries respondería a las palabras de London volviendo de su retiro para colgarse el cartel de “Esperanza Blanca” y acabar con el trono del campeón negro. La expectación fue tal que las fuentes recogen este combate como la primera ocasión en la que un estadio fue construido de propio para acoger la enorme multitud que quería asistir a la velada. El resultado no fue el deseado, y Jeffries acabó cayendo por KO en el decimoquinto round de los 45 pactados. Tras la emblemática defensa del título Galveston emprendería el primero de los tres intentos por reconocer a su campeón. La ciudad se encontraba engalanada para recibir a Johnson en lo que sería un desfile que aunaría a ciudadanos con el pecho henchido de orgullo ante la figura del nuevo campeón con otros que apretarían los dientes al ver recibido como un ídolo a alguien cuyos antepasados habían servido a los propios como esclavo. La balanza se encontraba equilibrada, hasta que Johnson la descompensara al comunicar a la organización que asistiría con Patty McClay, una muchacha blanca que había conocido unos meses antes por la costa oeste. El desfile fue cancelado.

La soberbia propia del boxeador y el odio ajeno simbolizaban el árbol podrido en el que se había convertido la inoperancia de una sociedad incapaz de asimilar a un nuevo grupo de ciudadanos que se debatían entre la sonrisa y el puño para igualar sus derechos. Una inoperancia que pasaría factura cuando, años más tarde, se intentara corregir aquella fractura de forma tosca, con la ilusión de que el apaño no dejara marcas. Johnson obtuvo una posición que le habría permitido luchar por la igualdad abrazando al sistema, pero eligió seguir lanzando golpes a la viciada conciencia norteamericana fuera del ring.

Exilio y olvido

La respuesta fue una combinación precisa e hiriente. El gobierno aprobaba en 1913 una nueva ley para prevenir la trata de blancas, cuya primera ejecución se realizaría con carácter retroactivo sobre el campeón por su relación con Belle Schreiber, una prostituta blanca. Johnson tuvo entonces que abandonar el país para no entrar en prisión, comenzando una hégira que le llevaría a defender su título en París un par de ocasiones. Johnson doblaría la rodilla dos años después, en 1915, cuando caería por KO en el vigésimo asalto ante el estadounidense Jess Willard en La Habana. Algunas voces cuentan que Johnson cedió su trono a cambio de un acuerdo con el gobierno norteamericano para poder acudir al funeral de su madre, fallecida semanas antes. Leyenda o verdad, lo cierto es que después de esa supuesta visita el primer campeón negro de la historia del boxeo continuó con su periplo por diversas plazas europeas –incluyendo Madrid o Barcelona- convertido más en un espectáculo de feria que en el ganador que fue.

La prensa norteamericana recurría a su figura cuando debía volver a marcar una línea entre el camino de conciliación y laissez-faire de una corriente de los grupos políticos afroamericanos y el de las organizaciones que defendían la violencia y la insurrección como fórmula para obtener la igualdad con respecto a la raza blanca. Así, su recuerdo volvió con la pelea entre Joe Louis y Max Schmelling, cuando se le adjudicó una labor de colaboración con el campeón alemán para descifrar el boxeo del ‘Bombardero de Detroit’ de cara a su segundo enfrentamiento.

Durante sus años de destierro y los posteriores a su muerte, Galveston borró un argumento de su orgullo con el fin de mantener calmada a una población conservadora y recelosa hasta que en los años ochenta, a iniciativa de un grupo por la integración de la sociedad negra de la ciudad, se levantó una estatua en el parque Menard, pero su carácter impresionista dificultaba una fácil identificación con el campeón. El deterioro propio de la climatología y el vandalismo hicieron el resto y la estatua acabó siendo retirada sin que en ningún momento sirviera como referencia a su inspirador.

No ha sido hasta el pasado 30 de junio cuando se acabara de sacar lustre a la estatua que preside el parque de Galveston que a partir de ahora llevará el nombre de su mayor campeón. Y es que, la creación del Jack Johnson Park no significa solo el reencuentro entre la ciudad y uno de sus mayores atletas sino que, para su joven y moderna población, supone un nuevo método para atraer al turismo y lo que es más importante, reconocer el legado de Johnson como un símbolo para enfrentarse a su pasado como mercado de esclavos.

Víctor C. Millán (@vicandolini) / Publicado originalmente en BoxeoTotal.com
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: